Repensar a Morel


Por Federico A. Cordero
Revista Domingo
21 de mayo de 2006



A Juan Morel Campos sólo le faltaban cuatro días para cumplir 40 años de edad cuando se nos marchó al infinito el 12 de mayo de 1896. Era, además, un pequeñín de sólo tres meses de edad cuando, en los predios de la Central Plazuela de Barceloneta, el pianista y compositor Louis Moreau Gottschalk compuso su Danza Opus 33. Con la celeridad de un rayo, tanto en Europa como en los Estados Unidos de América, se publicó esta obra de Gottschalk. Así se sacó a nuestra danza del insularismo que padecíamos.

Morel, boricua de pura cepa, es hijo del dominicano Manuel Morel Araujo y de la venezolana Juana Campos Collazo. Importante recordatorio del hecho que se formó en un escenario geopolítico ibero-afro-indo-caribeño. Fue el más distinguido discípulo de Manuel G. Tavárez. Pero, contrario a éste, sus circunstancias musicales no se circunscribieron al estrecho minimundo de los que cultivan el piano.

Fue, además, alumno de solfeo y flauta de Antonio Egipciaco y estudió el bombardino con Vicente Juan.



Ilustración Gustavo R. Rivera



En 1877 se inició como ejecutante del bombardino en la Banda del Batallón de Cazadores del Regimiento Madrid. En dicha banda militar, además, pulió sus conocimientos en materia de instrumentación y dirección. Ello le entrenó, en esa universidad sin paredes, para asumir dos grandes responsabilidades en la historia de nuestra música.

La “clave” y la orquesta La Lira

En 1882 organizó una orquesta de baile, La Lira. Ello le expuso, en el mundo de las salas de baile, al hecho de que la danza puertorriqueña no es meramente una obra instrumental para piano.

Morel, contrario a su maestro de piano -cuya Margarita, según Amaury Veray, sufre de un serio caso de “endeble acompañamiento rítmico”-, actuó acorde a la realidad de que la danza es una composición bailable en la cual está presente la “clave” por conducto de patrones rítmicos sincopados afrocaribeños. Sin la sensual presencia de esos fascinantes ritmos no se diferenciaría de las composiciones europeas concebidas en compás de 2/4, ya que las melodías de nuestras danzas románticas tienden a emular las arias de óperas italianas. Ello explica por qué hasta sus bellas danzas románticas están montadas sobre un excitante ritmo sincopado afrocaribeño.

En 1883 Morel fundó la extraordinaria Banda del Cuerpo de Bomberos de Ponce -institución musical que ha pasado con altos honores la exigente prueba del tiempo y de la cual fue su primer director hasta 1886.

Cuando, el 1 de julio de 1883, falleció Manuel Gregorio Tavárez, a Morel le cupo el honor de sustituirle en el cargo que su maestro ocupaba en el Bazar de Música de Olimpio Otero. En ese histórico bazar tuvo la oportunidad de estudiar las partituras de importantes obras musicales europeas de la época.

Su labor como compositor se inició en 1871 con la danza festiva El sopapo. Según ha señalado José A. Balseiro, el catálogo de las obras de Morel asciende a más de 500 partituras, de las cuales más de 280 son danzas. Cerró su producción en 1896 con las danzas La bella Margot y Recelos.

Casi todas las danzas de Morel son de carácter instrumental. Según Balseiro, sólo escribió para canto y piano Sueño de amor y Vano empeño. Por su parte, Pedro Malavet Vega sostiene que las danzas que escribió para canto y piano son Laura y Georgina y Di que me amas.

El patrón de cinco partes

Morel es el más prolífico de nuestros compositores de danzas. Además, con él culminó el proceso de elevar nuestra danza al más alto nivel en materia de estructura formal.

Con el patrón de cinco partes AA-BB-CC-DD-E, logró estandarizar la forma más completa que ha generado el genio popular indo-afro-ibero-americano. El molde de cinco secciones ha sido observado, entre tantos otros, por prestigiosos compositores como Juan Ríos Ovalle, Ángel Mislán, Simón Madera, Luis R. Miranda, Juan Peña Reyes, Felipe Rosario Goyco, Juan F. Acosta, Jesús M. Escobar, Rafael Alers, Santos Ortiz y Héctor Campos Parsi. En las danzas que he compuesto respeto la forma que estandarizó Juan Morel Campos.

Lo mismo no puede decirse de El coquí de José Ignacio Quintón y Verde luz de El Topo, dos bellas composiciones a las que muchos se refieren como danzas a pesar de que no satisfacen el requisito formal de las cinco partes.

¿El primer salsero?

Morel nos legó un género de danza que catalogó de festiva. En danzas festivas como No me toques, Anita y Viva la Pepa, el ritmo afrocaribeño pasa a primer plano. Estas danzas son más sencillas que las románticas, con frases cortas, patrones rítmicos bullangueros e incisivos y ponen menos énfasis en la armonía. En ellas se juega con diversos patrones rítmicos sincopados que son el pan nuestro de cada día de los ritmos que hoy subsumimos bajo ese término normativamente ambiguo que es la salsa.

Como señalara el inmortal Mario Bauzá -quien fue un distinguido integrante de la orquesta de jazz de Chick Webb y director-arreglista de la de Machito-, la “salsa” no es nada nuevo. Es un truco semántico publicitario. Mucho antes de que sacaran la salsa de los libros de cocina, Morel compuso alegres danzas “salseras” bajo el epígrafe de danzas festivas. Confío que la Sonora Ponceña acepte este fraternal reto y nos sorprenda con su “salsa festiva a la Morel” de la danza Si te toco.

Con amigos así...

En el siglo XX, en el Instituto de Cultura y en el Departamento de Educación se elaboró una versión patética sobre el futuro de la danza. El autor de la nota en torno a La Danza Puertorriqueña que aparece en el dorso de las carátulas de los discos de la Serie Antológica de la Danza del ICP recurrió a la Gran Mentira al afirmar que “el ciclo creador de la danza romántica se cerró con José Ignacio Quintón”.

Para ello tuvo que pasar por alto el hecho de que compositores de la talla de José Enrique Pedreira, Narciso Figueroa y Lito Peña enriquecieron nuestro acervo de danzas, con novedosos recursos después de que en 1925 Quintón se marchó al infinito. Tampoco el autor de dichas notas tomó en consideración las innovaciones hechas por los guitarristas-compositores.

Aquellos innovadores que quieran utilizar la forma ABCDE para dar rienda suelta a su imaginación creadora pueden estar seguros de que dicha fórmula no pone freno a las frases melódicas, a la gama de recursos armónicos y nuevas combinaciones de ritmos sincopados afrocaribeños que se les puedan ocurrir.

La Dra. María Luisa Muñoz, figura influyente en el mundo musical boricua durante la segunda mitad del siglo XX, recibió su doctorado en Juilliard School of Music. En 1947 organizó el Programa de Educación Musical del Departamento de Educación. También dirigió su Programa de Bellas Artes. Además, enseñó en el Departamento de Música de la UPR. En 1966 publicó La música en Puerto Rico. En este libro pintó un panorama sombrío: “La evolución de la danza como forma musical tocó a su fin; el límite de sus posibilidades rítmicas y melódicas ha llegado a un clímax, y al desaparecer de las salas de baile solamente podemos eternizarla en la sala de conciertos”.

Esta visión apocalíptica sobre la danza se desinfla cuando observamos lo que ocurre en el mundo de la realidad. Es significativo que cinco años después de que salió a la luz pública el libro de la Dra. Muñoz, uno de los alumnos preferidos de Segovia, Miguel Rubio, quien es profesor de guitarra en los conservatorios de Berna y Lausana, estrenó el 21 de abril de 1971 en la Salle Gaveau de París la primera danza que se concibió para la guitarra de conciertos: La guitarresca. El compositor: este servidor.

En nuestros días José Raúl Ramírez tiene en el mercado discos compactos dedicados a la danza. Todos los domingos al mediodía con su piano nos expone a la danza en el programa radial que origina en WIPR-FM.

En todos mis discos compactos y recitales incluyo danzas. Lo mismo sucede con otros guitarristas, pianistas y conjuntos típicos que incluyen cuatros, güiro y guitarra. Excelentes orquestas como la de José Luis Moneró, Santos Ortiz, Johnny Torruellas, Nicolás Nogueras y Happy Hills continúan tocando danzas en salas de baile; y gracias a los criterios de excelencia de bandas de concierto como la de Ponce, Humacao, del Instituto de Cultura y del Conservatorio de Música, el legado de Juan Morel Campos se continúa disfrutando tanto en hogares, como en salas de baile y salas de concierto de Boriquén.





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