Sueño que llega a los cines


Por Juanma Fernandez-Paris
jueves, 22 de diciembre de 2005


Desde que El sueño del regreso, largometraje que estrena hoy en las salas de la Isla, empieza es evidente que el director Luis Molina (La guagua aérea) y su equipo de producción quieren entregarle al público un filme de calidad, que los conmueva y los lleve a carcajadas con un toque liviano que abra espacio para discusiones importantes sobre la identidad puertorriqueña. No hay duda de que el esfuerzo detrás de esto es admirable.

Sin embargo, las ambiciones artísticas de la temática del filme son socavadas por el choque de sensibilidades disparejas de Molina como cineasta. La producción está repleta de elementos que claramente apuntan que el director tiene algo que importarte que decir sobre como los puertorriqueños se definen dentro y fuera de la Isla. Pero esto es filtrado por el uso de caricaturas, estereotipos y pasos de comedia que incitan carcajadas fáciles sin aportarle tanto al objetivo dramático del filme.


El regreso de los protagonistas sucede cuando un concurso selecciona a cinco familias de ascendencia boricua para ir a la Isla y disfrutar de las festividades navideñas. (Suministrada)

Aunque El sueño del regreso nunca es presentada como una secuela oficial a La guagua aérea su trama tiene como incidente inicial un vuelo repleto de puertorriqueños que va de Nueva York a Puerto Rico. El regreso de los protagonistas sucede cuando un concurso selecciona a cinco familias de ascendencia boricua para ir a la Isla y disfrutar de las festividades navideñas. Para muchos lo que comienza como unas vacaciones gratis se convierte en una jornada para reconectar con sus raíces y su pasado.

El problema principal de El sueño del regreso reside en el desbalance dramático de la dirección. El tropiezo de ciertas secciones del filme se da como si el cineasta hubiera empezado con la intención de hacer algo como Terms of Endearment y a mitad de producción decidió incluir secuencias de Airplane o los filmes de Naked Gun. El impacto de la trama del filme reside en la conexión emocional del público con los protagonistas. Sin embargo, éstos son obligados a compartir la pantalla con un travesti vestido de Iris Chacón, con Raymond Arrieta como un asistente de vuelo impropio, Susa y Epifanio y a Juan Manuel Lebrón colocando a su veterano de guerra desquiciado en la torre de control del aeropuerto.

Todo esto probablemente generará risas, pero es evidente que el corazón del filme reside en otro lugar de la historia. Una vez la trama del filme llega a dicho lugar, la producción no retiene la credibilidad necesaria para cumplir su cometido. Resulta peculiar que Luis Molina, un cineasta que ha demostrado tener un ojo extraordinario en sus documentales, haya optado por quedarse en la superficie de la temática de este filme.

Lo que sí hay que destacar es el trabajo del elenco principal, en especial Gladys Rodríguez, Awilda Carbia y Sara Jarque, que una vez más demuestran el talento histriónico boricua se adapta a cualquier medio. Son ellos los que logran que el filme fluya y llegue a una conclusión agradable.

Resulta extremadamente difícil ser tan severo con un filme que más que justifica el sueño de una industria de cine puertorriqueña: la posibilidad de que hayan filmes con temas boricuas que son definidos por voces boricuas. Pero si bien es cierto que la intención es lo que cuenta, también resulta pertinente señalar que no es lo que se dice sino como se dice.



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